Ya temprano por la mañana están en el espigón. ¡Cuidado, Miguel! Yo no puedo seguirles el ritmo de capturas porque selecciono muy bien mis objetivos. Ellos cazan cangrejos, nécoras y 'cañaíllas' principalmente y, sin importar el tamaño o el peso, los meten en un cubo rojo de plástico que al cuarto de hora ya está ardiendo por la acción del sol. Los condenan a muerte y no quedan satisfechos nunca, los niños del espigón. ¡Ahí hay un cangrejo!
Yo me paseo a mediodía a observar sus capturas. Me limito a observar e instar a la liberación de los ejemplares más pequeños o más grandes. Nunca me hacen caso. Las niñas no se introducen muy adentro de las rocas y cuando se agachan se le ven las costillas señaladas. Adanes inversos. Los niños meten la mano en los agujeros a pesar del mal olor a mejillón podrido o similares. Ellos están gordos y, al final del día, tiran los animales muertos en la orilla de la playa con las manos oliendo a las entrañas del mar. Los gatos gordos son los ratones flacos.
¡Thibaut! Me llaman. Nadie se atreve a ir donde voy yo; ninguna madre deja a sus hijos que lleguen donde yo. ¡Ten cuidado, Thibaut! ¡Y trae cebo! Se conforman con coger cangrejos pequeños y tener el cubo lleno de animales medio hervidos. Yo disfruto dando de comer a los peces. Salto el espigón y me voy a los acantilados. Detrás del primer saliente de piedras me escondo, cojo mejillones, los parto y los echo al agua, donde las 'viejas', los sargos y demás alevines acuden al festín. Nadie me ve cuando estoy en la sombra, y es aquella intimidad la que me hace estar por encima del resto. ¿Has visto el banco de herreras? Me deslizo con sigilo por el cemento con las manos vacías. ¿No traes nada? Mamá me espera, como siempre, en casa. Ella piensa que algún día podremos comer las capturas de una mañana para almorzar. Te voy a comprar unas gafas y un arpón, y cuando sepas bucear, también unas aletas, me dice. Le doy las manos para que las huela. Así puede imaginar que soy un pescador.
Noches impares
lunes, 20 de agosto de 2012
jueves, 26 de julio de 2012
Nudo simple
Me he caído. He perdido la conciencia y me he caído. Ahora que me acabo de despertar me he puesto a la sombra. No recuerdo muy bien nada y cualquier pedazo de memoria está borroso. Hace mucho calor, debe ser mediodía. Tengo mucha sed. Ahora recuerdo que mamá me dijo esta mañana que llevase agua, tal vez debería haberle hecho caso. No entiendo del todo porqué he salido de casa y en vez de ir a la playa he subido por este cauce seco. No veo a nadie. No veo nada que me pueda ayudar y apenas tengo fuerzas para caminar. Tengo mucho sueño, aunque bajo esta higuera haya podido dormir un poco. Parece que alguien viene por atrás...
-¡Chico! ¿Qué haces aquí a estas horas?
-Me he caído, señora. He perdido la conciencia y me he caído.
-Puede que te haya dado una insolación. ¿Eres Thibaut?
-Sí. ¿Tiene agua?
-He traído esta botella para ti. Tu madre te anda buscando, ella ha ido a la playa. No la dejes mucho tiempo fuera de casa, parece desorientada y está muy blancuzca.
-Me iré a casa. ¿Puede llevarme? No sé muy bien donde está.
La señora 'aguaora' me acompañó a casa y se fue cuando abrieron la puerta. Mamá estaba ya allí, dentro de su habitación, imaginando que unos tiburones azules que iban de peregrinación a Grecia me habían devorado y no habían dejado rastro de mí en el mundo. Te he visto despedazado, me dijo. Mamá, solo he ido por el cauce seco del río para comprobar si era cierto lo que me contaste ayer de las pozas y los niños, el agua fresca y el hambre del ejercicio.
-¡Chico! ¿Qué haces aquí a estas horas?
-Me he caído, señora. He perdido la conciencia y me he caído.
-Puede que te haya dado una insolación. ¿Eres Thibaut?
-Sí. ¿Tiene agua?
-He traído esta botella para ti. Tu madre te anda buscando, ella ha ido a la playa. No la dejes mucho tiempo fuera de casa, parece desorientada y está muy blancuzca.
-Me iré a casa. ¿Puede llevarme? No sé muy bien donde está.
La señora 'aguaora' me acompañó a casa y se fue cuando abrieron la puerta. Mamá estaba ya allí, dentro de su habitación, imaginando que unos tiburones azules que iban de peregrinación a Grecia me habían devorado y no habían dejado rastro de mí en el mundo. Te he visto despedazado, me dijo. Mamá, solo he ido por el cauce seco del río para comprobar si era cierto lo que me contaste ayer de las pozas y los niños, el agua fresca y el hambre del ejercicio.
viernes, 20 de julio de 2012
Pequeño Thibaut
Mamá tiene un cuarto para imaginar. Yo me enfado con ella porque nunca salimos de casa. Siempre nos quedamos imaginando qué otras personas podríamos ser, qué otras situaciones vivir. Ella me consuela y me acaricia, pequeño Thibaut, me dice, tu también fuiste imaginado antes de estar aquí, conmigo.
Al principio se pasaba horas enteras tumbada en la cama de su habitación. Miraba al techo sonriendo. Yo me asomaba a mirar dentro del cuarto y me miraba. No entendía nada. Thibaut, ven, vamos a imaginar. Imagina que eres un caballero que viene a salvarme, imagíname árabe, nórdica, india o azteca. ¿Alguien te persigue?, ¡seguro que sí!, me decía. Opté por huir de esos juegos y no comentar nada con mis amigos; nunca me había enfrentado a una situación similar y no entendía si era algo normal.
Cuando vació la habitación de la plancha ya estaba un poco preocupado. Quitó las estanterías, la plancha, un pequeño armario y las cortinas. Dejó solo un espejo y una silla. Mientras en el salón yo decidía el futuro del mundo en incontables batallas --Napoleón desde la biblioteca saludaba a sus tropas, que luchaban contra los hombres de Julio César-- mi madre imaginaba que hubiese sido de ella en otras circunstancias. Apagaba la luz y bajaba las persianas; se quedaba en la penumbra delante del espejo. Se perdía en las calles de Locea en verano, coqueteando con el tabaco y con los chicos que la perseguían. Las noches eran eternas en aquella habitación a oscuras que servía a mi madre como reflejo de sus sueños dirigidos: la memoria y el tiempo conjugados a voluntad.
Ahora solo se dedica a imaginar y apenas sale de casa para comprar comida. El verano es insoportable cuando la única piscina en la que me baño es imaginada y el mar está siempre en calma. Ojalá vuelva pronto el colegio y mamá despierte de su letargo. Ayer empecé a sacar cosas de mi cuarto sin control alguno y temo que pronto se me acaben los enseres y me vea delante de un espejo, en penumbra y sentado delante de una silla.
Al principio se pasaba horas enteras tumbada en la cama de su habitación. Miraba al techo sonriendo. Yo me asomaba a mirar dentro del cuarto y me miraba. No entendía nada. Thibaut, ven, vamos a imaginar. Imagina que eres un caballero que viene a salvarme, imagíname árabe, nórdica, india o azteca. ¿Alguien te persigue?, ¡seguro que sí!, me decía. Opté por huir de esos juegos y no comentar nada con mis amigos; nunca me había enfrentado a una situación similar y no entendía si era algo normal.
Cuando vació la habitación de la plancha ya estaba un poco preocupado. Quitó las estanterías, la plancha, un pequeño armario y las cortinas. Dejó solo un espejo y una silla. Mientras en el salón yo decidía el futuro del mundo en incontables batallas --Napoleón desde la biblioteca saludaba a sus tropas, que luchaban contra los hombres de Julio César-- mi madre imaginaba que hubiese sido de ella en otras circunstancias. Apagaba la luz y bajaba las persianas; se quedaba en la penumbra delante del espejo. Se perdía en las calles de Locea en verano, coqueteando con el tabaco y con los chicos que la perseguían. Las noches eran eternas en aquella habitación a oscuras que servía a mi madre como reflejo de sus sueños dirigidos: la memoria y el tiempo conjugados a voluntad.
Ahora solo se dedica a imaginar y apenas sale de casa para comprar comida. El verano es insoportable cuando la única piscina en la que me baño es imaginada y el mar está siempre en calma. Ojalá vuelva pronto el colegio y mamá despierte de su letargo. Ayer empecé a sacar cosas de mi cuarto sin control alguno y temo que pronto se me acaben los enseres y me vea delante de un espejo, en penumbra y sentado delante de una silla.
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