Mamá tiene un cuarto para imaginar. Yo me enfado con ella porque nunca salimos de casa. Siempre nos quedamos imaginando qué otras personas podríamos ser, qué otras situaciones vivir. Ella me consuela y me acaricia, pequeño Thibaut, me dice, tu también fuiste imaginado antes de estar aquí, conmigo.
Al principio se pasaba horas enteras tumbada en la cama de su habitación. Miraba al techo sonriendo. Yo me asomaba a mirar dentro del cuarto y me miraba. No entendía nada. Thibaut, ven, vamos a imaginar. Imagina que eres un caballero que viene a salvarme, imagíname árabe, nórdica, india o azteca. ¿Alguien te persigue?, ¡seguro que sí!, me decía. Opté por huir de esos juegos y no comentar nada con mis amigos; nunca me había enfrentado a una situación similar y no entendía si era algo normal.
Cuando vació la habitación de la plancha ya estaba un poco preocupado. Quitó las estanterías, la plancha, un pequeño armario y las cortinas. Dejó solo un espejo y una silla. Mientras en el salón yo decidía el futuro del mundo en incontables batallas --Napoleón desde la biblioteca saludaba a sus tropas, que luchaban contra los hombres de Julio César-- mi madre imaginaba que hubiese sido de ella en otras circunstancias. Apagaba la luz y bajaba las persianas; se quedaba en la penumbra delante del espejo. Se perdía en las calles de Locea en verano, coqueteando con el tabaco y con los chicos que la perseguían. Las noches eran eternas en aquella habitación a oscuras que servía a mi madre como reflejo de sus sueños dirigidos: la memoria y el tiempo conjugados a voluntad.
Ahora solo se dedica a imaginar y apenas sale de casa para comprar comida. El verano es insoportable cuando la única piscina en la que me baño es imaginada y el mar está siempre en calma. Ojalá vuelva pronto el colegio y mamá despierte de su letargo. Ayer empecé a sacar cosas de mi cuarto sin control alguno y temo que pronto se me acaben los enseres y me vea delante de un espejo, en penumbra y sentado delante de una silla.
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